Había una vez un niño llamado Guillermito que tenía un gran don, era un estupendo actor. Como Guillermito era un chico muy nervioso a veces le costaba un poco concentrarse y meterse en el papel. Sin embargo, con una estampita del Stmo. Cristo de la Esperanza y un público delante Guillermito conquistaba a los espectadores por su forma de ser y su carisma natural. Así, Guille descubrió que sobre el escenario todos sus sueños podían hacerse realidad porque podría ser quien él quisiera, como por ejemplo, un gran torero, como su tío Remigio.

Aunque el pequeño ya ha crecido sigue desarrollando su talento y es capaz de sobrevivir incluso a los más horribles derrumbes. Por todo esto sabemos que algún día se comerá el mundo con patatas y carne de la que sea.

Escrito por: En el 32 de Pío Baroja

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